La aguja de marear
Cuando reconoces acontecimientos sin que medie intención, también reconoces una parte que anhela, suspira, ansía, desea, inventa, sueña y, por fin, actúa como realidad, si es que tal categoría existe diferenciada de los versos calderonianos. Ahí te ves en el espejo, retraído, desconfiado y, en cambio, ansiando abrirte sin tapujos, pero con las manos protegiendo la entrepierna. Dicen que las patadas genésicas son dolorosas, incluso mortales, pero, llegado un momento, el dedo gordo calloso, la mirada escayolada, permites que la piedra de siempre se interponga en tu camino. Piedra imán que altera el sentir de tu brújula, el giro de la aguja de marear, el devenir de los vientos, las velas henchidas y la voz presta, pero, no por ello, yerras en la dirección, sino que la afianzas, la reconduces, y las palabras buscan oídos ajenos, traspasan tímpano, yunque y martillo hasta alcanzar el cerebro contrario, enquistándose el tiempo suficiente para el placer de acompañar, escuchar, comprender, y sentirse acompañado, escuchado y comprendido. El juego es mutuo. El placer también. La noche arropa desvelos, envuelta en canto de sirena, en cálida risa, y el entusiasmo estalla, la paz se apropia de tu estómago, te relaja, abre las compuertas de sentimiento y raciocinio, mezclándolos, preparándolos para la cocción, bizcocho de estrellas, ardor tras el ombligo, y adoptas la postura fetal, abrazado a la almohada, el auricular pegado a la oreja, ansiando que lo que se va vuelva de la misma forma, y arrase tímpano, yunque y martillo como barbarie regeneradora de un imperio caduco, de una fuerza que se ha disipado en la exaltación del yo y el olvido del tú, de los demás, que son quienes, al fin y al cabo, acaban dándote la mortal patada. Estocada rosa, puñalada negra. Placer y dolor. Cuestión eterna y pregunta cotidiana, Acaso somos masoquistas por genética. Quién afirma, quién niega. No seré yo. Quizá la aguja de marear.
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